INDICE DE DISCURSOS

sábado, 29 de mayo de 2010

TENEMOS EL EVANGELIO EN SU PLENITUD

Discurso del presidente N. Eldon Tanner
Conferencia General de Área en la Ciudad de México
26 de agosto de 1972


Es verdaderamente un privilegio y bendición estar aquí en este gran país, en tan histórico día para asistir a la primera Conferencia General de Área de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en la República de México. Por parte de la Primera Presidencia me complace haceros presente nuestros saludos y bendiciones, y expresar nuestro agradecimiento a quienes han puesto a nuestra disposición estas bellas instalaciones para poder efectuar la conferencia.

También deseamos felicitar y dar las gracias a todos los que han proyectado y contribuido tan generosamente su tiempo para encargarse de los arreglos para efectuar esta conferencia. Estimula e inspira en gran manera ver esta numerosa congregación de fieles santos, muchos de los cuales han! viajado largas distancias y hecho grandes sacrificios para poder estar presentes en esta ocasión. Rogamos que todos sean alimentados espiritualmente y bendecidos por su fidelidad. Nos sentimos sumamente afortunados por tener tan buenos directores en las ramas, barrios, estacas y misiones.

Nos da gusto reconocer la presencia de los misioneros nativos de México y Centroamérica que están prestando servicio en dichos sitios. Los felicitamos a ellos y a los fieles santos por la parte tan significante que están realizando en llevar el evangelio y hermanar a los nuevos miembros, lo cual ha resultado en tan notable crecimiento en el reino en esta parte de la viña del Señor. Esperamos y rogamos que todos vosotros podáis llevar a los que no pudieron asistir, los mensajes e inspiración que estoy seguro os serán impartidos en estas reuniones.

El mes pasado, como todos sabéis, nuestro amado profeta, el presidente José Fieldíng Smith que tanto amaba a la gente de México y estaba haciendo planes para asistir en esta ocasión, acudió al llamado de nuestro Padre Celestial de volver a El para recibir la gran recompensa por el servicio sobresaliente que dio como siervo devoto del Señor. Nos sentimos felices, sin embargo, de que pudo vivir y disfrutar plenamente de la vida sin sufrir o perder el uso de sus facultades físicas y mentales, sino que continuó hasta el fin. El mismo día que falleció, asistió a los servicios de la Iglesia, cantando vigorosamente y participando de otras maneras en las actividades. Tras los servicios volvió a casa, y mientras se hallaba sentado en su sillón favorito, y casi sin notarse, sucedió repentinamente, cual si hubiese sido trasladado de esta vida a la venidera, sin sentir la muerte en forma alguna.

Aprecio más de lo que puedo expresar, el gran privilegio que tuve de asociarme tan íntimamente con el presidente José Fielding Smith, y antes de él, con el presidente David O. McKay, quienes fueron, ambos de ellos, verdaderos profetas de Dios. También estoy agradecido por la asociación tan dulce y llena de satisfacción que ahora tengo con el presidente Harold B. Lee, que estoy seguro fue escogido antes de nacer para ser un director y Profeta de Dios y Presidente de su Iglesia aquí sobre la tierra. Bajo la dirección de nuestro Señor y Salvador, él conducirá los asuntos de la Iglesia y nos dará la orientación que necesitamos tan urgentemente en estos tiempos difíciles. No se encuentra con nosotros hoy, pero manda sus bendiciones y estará con nosotros en nuestros servicios esta noche y mañana. Será un gran privilegio y bendición tenerlo con nosotros.

Estamos sumamente interesados en el crecimiento que se ha efectuado en la Iglesia durante los últimos años, por lo cual nos sentimos muy animados. Desde que fui llamado como una de las Autoridades Generales en 1960, la población ha aumentado en un 94 por ciento hasta llegar a tener más de tres millones de miembros, casi el doble que había en esa ocasión. Tenemos 583 estacas y 101 misiones, con más de 15.000 misioneros que están dedicando su tiempo entero a la evangelización.

Aquí en México, si las cifras que traigo están correctas, el número de miembros en la Iglesia ha aumentado desde aproximadamente 18.000 en 1960 hasta casi 100.000 en la actualidad, o sea un número cinco veces mayor. En 1960 había tres misiones; hoy existen cinco. En esa época teníamos una estaca, hoy tenemos siete y somos bendecidos con directores capaces y miembros devotos, todos los cuales están esforzándose por cumplir con su parte en la tarea de adelantar la obra del Señor. De hecho, tres de nuestros Representantes Regionales de los Doce son de México. También tenemos Representantes Regionales de otros países por todo el mundo.

Nos sentimos alentados en extremo por el crecimiento que está verificándose en la América del Sur, donde hay casi once veces el número de miembros que había en 1960, así como en Centro-américa, donde el número es diez veces mayor.

Sí, está verificándose un crecimiento y están habilitándose directores en todo el mundo. De hecho, todas las estacas y barrios, así como muchas de las misiones, ahora están a cargo de miembros locales. Es maravilloso ver la manera en que la gente está aceptando el evangelio e ingresando en la Iglesia y reino de Dios, todos ellos dando testimonio de las bendiciones que el evangelio les da, comprendiendo que es la Iglesia de Jesucristo, de la cual el Señor mismo es la piedra principal del ángulo y el que dirige al Profeta que tiene sobre la tierra, por medio de quien habla.

Por motivo de este gran crecimiento y el número de miembros que tenemos en los distintos países del mundo, la Primera Presidencia y el Quorum de los Doce decidieron llevar a cabo Conferencias de Área a fin de que fuera posible que un número mayor de los miembros de la Iglesia asistieran y recibieran instrucciones de las Autoridades Generales y oficiales generales; y también para que los santos pudieran reunirse en números más crecidos y ser inspirados y edificados y fortalecidos en sus testimonios, y lograr un entendimiento mejor de sus deberes y responsabilidades.

Leemos en Doctrinas y Convenios:
"De modo que, con toda diligencia aprenda cada varón su deber, así como a obrar en el oficio al cual fuere nombrado.

"El que fuere perezoso no será considerado digno de permanecer, y quien no aprendiere su deber y no se presentare aprobado, no será contado digno de permanecer" (D y C 107:99, 100).

El ser miembros de la Iglesia de Jesucristo impone sobre cada uno de nosotros el deber y la responsabilidad de vivir y enseñar el evangelio a nuestras familias y amigos, y compartir con ellos las grandes bendiciones que trae a nuestra vida. Deseo testificar en esta ocasión que yo sé, como sé que vivo, y lo sé con cada fibra de mi ser, que Dios vive; que es un Dios personal a cuya imagen somos creados; que somos sus hijos espirituales, y que por tanto, nuestra potencialidad no tiene límite.

Es una bendición muy grande saber y entender de dónde venimos, porqué estamos aquí y a dónde vamos. Tuvimos una existencia preterrenal, en el curso de la cual moramos con nuestro Padre Celestial y asistimos al gran Concilio en los Cielos donde se bosquejó el plan de vida y salvación. Sabemos que Satanás presentó un plan para redimir a todo género humano por la fuerza, a fin de que no se perdiera una sola alma, a cambio de lo cual él quería todo el honor y la gloria.

Pero Cristo, que fue "el electo desde el principio", ofreció ser nuestro Salvador, dándonos la libertad para escoger el bien, o mal por nosotros mismos, atribuyendo toda la gloria al Padre.

Cuando se rechazó el plan de Satanás, éste se rebeló y juró destruir la obra del Señor y hacer todo cuanto pudiera para desviar a los hombres según su voluntad y conducirlos al infierno, en caso de que no quisieran escuchar las enseñanzas de Cristo.

Jesucristo vino a la tierra, el Unigénito Hijo del Padre en la carne, y moró entre los hombres y dio su vida, a fin de que todo el género humano pueda ser salvo de la muerte de la tumba, y por motivo de su expiación todos resucitarán. Leemos en la Biblia:

". . . vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; "y los que hicieron lo bueno, saldrán a la resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación" (Juan 5:28-29).

Mas Jesucristo nos dio el plan de vida mediante el cual podemos prepararnos para la vida eterna, o sea la vida con Dios nuestro Padre Eterno. Se nos pone aquí en la tierra para probarnos a nosotros mismos y determinar si queremos o no queremos seguir las enseñanzas de Jesucristo y mostrarnos dignos de volver a la presencia de Dios de donde vinimos.

¡Cuan afortunados somos por saber estas cosas!

También sabemos que a raíz de la muerte de Cristo y sus apóstoles hubo disputas entre los miembros de su Iglesia, y debido a la dureza de sus corazones, el Espíritu del Señor se apartó y hubo un período de tinieblas durante el cual el evangelio no estuvo sobre la tierra y una apostasía sobrevino a la gente.

Deseo dar mi testimonio de que el evangelio ha sido restaurado en estos postreros días, y se ha restablecido la Iglesia de Jesucristo con el sacerdocio sobre la tierra, con "la misma organización que existió en la Iglesia primitiva, esto es, apóstoles, profetas, pastores, maestros, evangelistas, etc." (Sexto Artículo de Fe), y que tenemos el evangelio en su plenitud; que José Smith efectivamente vio a Dios el Padre y a su Hijo Jesucristo, y habló con ellos.

Amo la historia de José Smith. Imaginaos conmigo en el pensamiento a este joven de catorce años de edad, confuso por la agitación y contención en su época a causa de la varias religiones. Podemos imaginarlo estudiando seriamente las Escrituras para hallar la respuesta a su deseo de saber a cual Iglesia debía unirse, porque era un joven de carácter religioso.

Entonces fue guiado a este pasaje en ía Biblia: "Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra" (Santiago 1:5-6).

Sabía lo que debía hacer. Buscó un lugar apartado en una arboleda y pidió sabiduría, como se lo había indicado el pasaje. Sabemos lo que sucedió. Cuando se puso de rodillas para orar y empezó a invocar a Dios para saber a cuál Iglesia debía ingresar, lo venció una gran fuerza, y justamente cuando pensó que iba a ser destruido, vio una columna de luz mucho más brillante que el sol que lo bañaba, y en esa luz estaban dos Personajes, arriba de él en el aire, cuya gloria y fulgor no admiten descripción. Podemos imaginar sus sentimientos de joven al ver a estos dos seres celestiales. Al preguntar a cual iglesia debía unirse, uno de ellos respondió: "José, éste es mi Hijo Amado; escúchalo." Cuando salió del bosque sabía, como sabía que vivía, que Dios el Padre y Jesucristo eran seres personales, vivientes, y que estaban interesados en él y que habían escuchado y contestado su oración.

Recordemos cómo se burló de él la gente y lo vilipendió. Durante cuatro años permaneció a solas con sus convicciones, sin tener una iglesia a la cual podía asistir. Sin embargo, al fin de ese tiempo declaró que él había visto una visión; y "lo sabía y comprendía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo. . ." (José Smith, 2:25). ¿Creéis vosotros que estaba mintiendo?

Al fin de cuatro años, mientras imploraba al Señor, apareció .el ángel Moroni y después de. un tiempo le entregó las planchas que contenían una historia de los hechos de Dios con los antiguos habitantes en el continente americano. Para entonces tenía 22 años de edad, y sabemos que por el don y el poder de Dios y por revelación, pudo traducir de esas planchas la historia que ahora conocemos como el Libro de Mormón, el cual, junto con la Biblia, es otro testigo de la divinidad de Jesucristo, y contiene el evangelio en su plenitud.

Queremos que el mundo sepa que creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente, y también creemos que el Libro de Mormón es la palabra de Dios.

Damos este testimonio al mundo, y queremos que todos los miembros de la Iglesia conozcan y crean en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo, y que mediante la expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse mediante su obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.

Creemos y enseñamos e impulsamos a todos a que acepten los principios y ordenanzas del evangelio, que son: primero, fe en el Señor Jesucristo; segundo, arrepentimiento; tercero, bautismo por inmersión para la remisión de pecados; cuarto, imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.

Todos los miembros de la Iglesia han aceptado y deben estar tratando de observar estos principios. Han recibido estas ordenanzas, de las cuales ha resultado que tienen el Espíritu Santo para guiarlos, en tanto que vivan rectamente.

Enseñamos e impulsamos a todos los miembros de la Iglesia a que sean honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y que procuren hacer bien a todos los hombres. "Si hay algo virtuoso, bello, o de buena reputación o digno de alabanza, a esto aspiramos" (Artículo de Fe, número 13).

Estas eran las creencias y ésta la fe de aquellos que aceptaron y creyeron en el evangelio cual lo enseñaron José Smith y aquellos que fueron llamados para ayudarle a restablecer la Iglesia de Jesucristo. Hace un mes. que en Salt Lake City y en muchas otras comunidades mormonas celebramos la llegada de nuestros pioneros al valle de Salt Lake en 1847. Se nos recordó los grandes sacrificios que hicieron al ser expulsados de Nauvoo, Illinois; las muchas persecuciones y penas que padecieron; los miles de sus amados que quedaron sepultados en las llanuras, y sin embargo, permanecieron fieles a la fe mientras viajaban al valle de Salt Lake, donde no encontraron más que un desierto solitario. Al llegar allí se pusieron a regar la tierra y hacerla productiva, y bajo la dirección y bendiciones de nuestro Padre Celestial lograron que ese gran desierto floreciera como la rosa.

Millones de personas llegan cada año para visitar ese sitio fructífero. Sepamos honrar a los pioneros y a aquellos que sacrificaron sus vidas a fin de que pudiéramos tener el evangelio.

Os honramos a vosotros aquí en este gran país de México, que sois pioneros en la edificación del reino de Dios en esta parte del mundo. Igual que los pioneros de ayer, tal vez se burlarán de vosotros y seréis perseguidos por el evangelio. Tengamos todos el valor y la determinación de permanecer fieles a la fe y vivir para merecer las bendiciones que hemos recibido. Digamos al mundo, como Josué dijo a su pueblo: ". . . escogeos a quien sirváis. . . pero yo y mi casa serviremos a Jehová" (Josué 24:15).

Deseamos impulsar a todos vosotros a que viváis de acuerdo con todo principio del evangelio. Conservaos moralmente limpios. Observad la Palabra de Sabiduría y refrenaos del uso del té, el café, licores y tabaco y drogas. El Señor, dio esta revelación a la Iglesia hace ya casi 140 años, y sin embargo, sólo recientemente ha descubierto la ciencia ios nocivos efectos de algunas de estas cosas.
Recordemos la promesa del Señor:

"Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos, recibirán salud en sus ombligos, y médula en sus huesos:

"Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, aun tesoros escondidos;
"y correrán sin cansarse, y no desfallecerán al andar.

"Y yo, el Señor, les hago una promesa, que el ángel destructor pasará de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matará" (D y C 89:18-21).

Qué promesa tan más significativa, y cuánto más felices seremos a medida que guardemos los mandamientos del Señor y sigamos a los directores que El ha escogido y colocado aquí sobre la tierra. Si hacemos esto, jamás nos desviaremos.

Hay muchas personas actualmente en el mundo que niegan la existencia misma de Dios, y se les dificulta creer que El puede escuchar y contestar nuestras oraciones, o que todavía se comunica con su Profeta en estos días, como lo hizo en épocas anteriores, para revelar su parecer y voluntad a nosotros. Creemos en la revelación continua; que nuestro Padre Celestial está tan interesado hoy, como lo ha estado en cualquiera de sus hijos en cualquier período de tiempo. Sin embargo, estas mismas personas que opinan que Dios no puede comunicarse con el hombre, creen y saben que el simple hombre mortal, con su conocimiento limitado del universo, ha construido naves espaciales que han llevado al hombre hasta la luna, y que mientras viajaban de ida y vuelta a la luna, y mientras permanecieron sobre la luna, el hombre sobre la tierra pudo comunicarse con ellos, y ellos con su base principal. Los que dirigieron la construcción de la nave espacial conocían las leyes que habían de observarse, las leyes científicas que debían ser obedecidas para que los astronautas pudieran viajar a salvo hasta la luna, aterrizar allá y entonces volver a la tierra.

Los astronautas tuvieron fe de que al seguir las instrucciones y obedecer toda ley y principio relacionados con el viaje, tendrían éxito en su jornada y por obedecer al pie de la letra las leyes de la ciencia y las leyes de la naturaleza lograron el éxito en su viaje y aterrizaron sin novedad al volver a casa. Imaginemos los funestos resultados si alguno de ellos hubiese pasado por alto las reglas y las leyes de la ciencia y la naturaleza, y hubiese dicho: "Voy a hacer lo que me dé la gana, y es cosa que a nadie incumbe sino a mí." Tuvieron que obedecer las reglas y obedecer las instrucciones al pie de la letra y trabajar unidamente a fin de lograr el éxito.

Dios es el Creador de nuestra nave espacial, el mundo, por conducto de su Hijo Jesucristo, el cual nos ha dado las leyes, las reglas y reglamentos que debemos obedecer para ser felices mientras estamos aquí, y volver con éxito a la presencia de nuestro Padre Celestial. El ha dicho: "Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis" (D y C 82:10).

Es nuestro deber, nuestro deseo, como Iglesia, tratar de ayudar a toda persona a entender más claramente su relación con Dios y los principios del evangelio que les ocasionarán mayor gozo, éxito y felicidad en su jornada sobre la tierra. Ninguna enseñanza del evangelio nos restringe en forma alguna que sea meritoria. Todos debemos comprender que por aceptar y obedecer las enseñanzas del evangelio podemos ser una gran influencia para bien, y nos haremos merecedores de mayor consideración y respeto por parte de otros. Quisiera citar dos ejemplos:

El director de personal de una gran organización me estaba relatando el otro día acerca de cierta señorita que llegó para solicitar trabajo. Le dijo que no tenía ninguna vacante, pero le aconsejó que llenara una solicitud. Cuando notó que había indicado qué era miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, le dijo: "Espere un momento." Llevó su solicitud al presidente de la compañía, el cual le había dicho que él deseaba entrevistar personalmente a cualquier miembro de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, por motivo de su experiencia anterior con ellos en cuanto a sus altas normas personales, su honradez y su habilidad para trabajar. Conversó con ia joven y le dio trabajo inmediatamente.
Otro joven que conozco salió de Salt Lake City para Nueva York con objeto de aceptar un puesto en un bufete de abogados. El presidente de esta importante compañía había llamado a uno de nuestros miembros de la Iglesia en el este del país para pedirle que le recomendara a un buen miembro de la Iglesia para el puesto. Le dijo: "Conocemos sus normas y la manera de vida que llevan sus jóvenes. Queremos uno que no ande en juergas, que venga preparado para trabajar y de quien podamos depender."

Cómo deseo que todos pudiéramos comprender lo que significaría para nosotros si verdaderamente viviésemos de acuerdo con las enseñanzas del evangelio de Jesucristo. Si el mundo aceptara y cumpliera estas enseñanzas, no tendríamos robos, ni asesinatos, ni asaltos, ni alborotos. No habría guerra, y tendríamos paz y amor en todo el mundo. Si nos acordamos de santificar el día del Señor y honramos a nuestros padres y a nuestras madres, y nos conservamos limpios y puros, nuestro Padre Celestial derramará sus bendiciones sobre nosotros al grado de no poder contenerlas.

Entonces viviríamos en el bendito estado que nos pinta Nefi en el Libro de Mormón:
"Y ocurrió qué no había contenciones en el país, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo.

"Y no había envidias, ni contiendas, ni tumultos, ni fornicaciones, ni mentiras, ni asesinatos, ni lascivia de ninguna clase; y ciertamente no podía haber pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios" (4 Nefi 1:75, 16).

Debemos vivir y trabajar juntos con amor y armonía, haciendo todo cuanto podamos para fortalecernos y apoyarnos unos a otros y a los que dirigen las organizaciones, los cuales a su vez fortalecerán a los que ellos dirigen. Tened presentes las palabras del rey Benjamín: ". .. cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios" (Mosíah 2:17). Y nuestro Maestro dijo: "Y el que quiera ser el primero de entre vosotros, será vuestro siervo" (Mateo 20:27).

Seamos honrados en nuestros tratos con nuestros semejantes, y particularmente honrados con el Señor en el servicio que le rindamos. No hace mucho que un secretario de barrio estaba tropezando con problemas económicos y empezó a tomar de las contribuciones que llegaban a la oficina del obispo, con intención de reponerlas. Su situación empeoró, tuvo que echar mano de más dinero, que en efecto era malversar fondos sagrados. Fue necesario relevarlo de su posición y finalmente dejó de ser miembro de la Iglesia. ¡Qué tragedia tan grande para él y su familia! ¡Cuan desilusionado debe sentirse el Señor, y el descrédito que viene sobre la Iglesia cuando no somos fieles a nuestro cometido! Nos sentimos tan agradecidos por la fiel mayoría que da a la Iglesia tan envidiable reputación de integridad y honradez.

Mientras me encontraba en el gobierno de la Provincia de Alberta en Canadá, se me invitó a que fuera a la ciudad de Dallas en Texas para hablar a un grupo de petroleros. En su presentación, el gobernador de Texas dijo que yo había sido obispo en la Iglesia Mormona, y entonces añadió: "En lo que a mí concierne, la persona que es digna de ser obispo en la Iglesia Mormona no necesita más introducción." Ese tributo no era precisamente para mí, sino para todos los obispos mormones conocidos por él que habían sido fieles a las enseñanzas de la Iglesia.

En esa ocasión pensé cuan importante es que todo miembro de la Iglesia viva de tal manera que sea digno de ese nombre y sea un crédito a la Iglesia; y que en ninguna manera fracasemos en nuestro gran deber y responsabilidad de ser honrados y fieles con nosotros mismos, con nuestro prójimo y con nuestro Padre Celestial.

Debemos recordar quiénes somos; que somos hijos espirituales de Dios, miembros de su Iglesia y reino, y vivir en tal forma todos los días que otros, viendo nuestras buenas obras, glorificarán a nuestro Padre que está en los cielos. Únicamente por medio de las enseñanzas del evangelio podemos ser salvos en el reino de nuestro Padre; el hombre jamás ha podido darnos mejor opción o manera de vivir. Como lo expresó tan sabiamente Salomón:

"Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.
"Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas" (Proverbios 3:5, 6).
Imaginemos nuestra desesperación si no tuviéramos una creencia en un Dios personal, o en su Hijo Jesucristo, o en la resurrección, sino sólo creyéramos que al terminar nuestra existencia no habría vida después de la muerte. ¡Contrastemos tal creencia con la belleza y esperanza que hay en el evangelio! ¡Cuánto mejor es aceptar y creer!

Vuelvo a repetir, demostremos nuestro amor hacia Dios manifestando nuestro amor hacia nuestros semejantes. Procuremos compartir nuestras bendiciones. Procuremos compartir nuestro evangelio con otros. Vivamos según nuestra religión y mostremos con nuestro ejemplo cómo el evangelio puede conducirnos a una manera mejor de vivir.
Se ha puesto en nuestras manos la antorcha; debemos llevarla en alto. Jamás debemos avergonzarnos del evangelio de Jesucristo, porque es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.

Busquemos primeramente eí reino de Dios y su justicia, con la confianza de que todas las bendiciones que sean para nuestro bien nos serán añadidas, y que al mismo tiempo estaremos labrando nuestra propia salvación y exaltación; humildemente lo ruego, en el nombre de Jesucristo. Amén.

DESCARGAR DISCURSO

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada