lunes, 5 de abril de 2010

VISION DE LA REDENCION DE LAS MUERTOS

por el presidente Joseph F. Smith
Visión manifestada al presidente Joseph F. Smith en Salt Lake City, Utah, el 3 de octubre de 1918, la cual ilustra la visita del Señor Jesucristo al mundo de los espíritus y declara la doctrina de la redención de los muertos. El presidente Joseph F. Smith medita los escritos del apóstol Pedro y la visita de nuestro Señor al' mundo de los espíritus. Ve a los espíritus de los justos reunidos en el paraíso, y el ministerio de Cristo entre ellos. Se organiza la predicación del evangelio entre los espíritus justos. Los justos que mueren en esta dispensación continúan sus obras en el mundo de los espíritus.

El día tres de octubre del año mil novecientos dieciocho, me hallaba en mi habitación meditando sobre las Escrituras, y reflexionaba sobre el gran sacrificio expiatorio que el Hijo de Dios realizó para redimir al mundo, así como el grande y maravilloso amor manifestado por el Padre y el Hijo en la venida de este último como Redentor del mundo, a fin de que el género humano pudiera salvarse mediante la expiación de Cristo y la obediencia a los principios del evangelio. Mientras me ocupaba en esto, mis pensamientos se tornaron a los escritos del apóstol Pedro a los santos de la Iglesia primitiva esparcidos por el Ponto, Galacia, Capadocia y otras partes de Asia Menor, donde se había predicado el evangelio después de la crucifixión del Señor. Abrí la Biblia y leí el tercero y cuarto capítulos de la primera epístola de Pedro, y al leer me sentí sumamente impresionado, más que en cualquiera otra ocasión, por los siguientes pasajes:

"Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua." (1 Pe. 3:18-20.)

"Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios." (1 Pe. 4:6.)

Mientras meditaba estos escritos, fueron abiertos los ojos de mi entendimiento y el Espíritu del Señor descansó sobre mí, y vi las huestes de los muertos, pequeños así como grandes, Y, en un lugar, se hallaba reunida una compañía innumerable de los espíritus de los justos que habían sido fieles en el testimonio de Jesús, mientras vivieron en la carne, y quienes habían ofrecido un sacrificio a semejanza del gran sacrificio del Hijo de Dios y habían padecido tribulaciones en el nombre de su Redentor. Todos éstos habían partido de la vida terrenal, firmes en la esperanza de una gloriosa resurrección medií,nte la gracia de Dios el Padre y de su Hjjo Unigénito, Jesucristo.

Vi que estaban llenos de gozo y de alegría y juntos se regocijaban porque estaba próximo el día de su liberación. Se hallaban reunidos esperando el adveni¬miento del Hijo de Dios al mundo de los espíritus para declararles que señan redimidos de las ligaduras de la muerte. Su cuerpo inerte, convertido en polvo, iba a ser restaurado a su forma perfecta, cada hueso con su hueso, y los nervios y la carne sobre ellos; el espíritu y el cuerpo iban a ser reunidos para nunca más ser separados, a fin de que pudieran recibir una plenitud de gozo.

Mientras esta innumerable multitud esperaba y conversaba, regocijándose en la hora de su liberación de las cadenas de la muerte, apareció el Hijo de Dios y declaró libertad a los cautivos que habían sido fieles, y allí les predicó el evangelio eterno, la doctrina de la resurrección y la redención del género humano de la caída y de los pecados individuales, con la condición de que se arrepintieran. Mas a los inicuos no fue, ni se oyó su voz entre los impíos y los impenitentes que se habían corrompido mientras estuvieron en la carne; ni tampoco vieron su gloriosa presencia ni contemplaron su faz los rebeldes que rechazaron los testimonios y amonestaciones de los antiguos profetas. Prevalecían las tinieblas donde éstos se hallaban, pero entre los justos había paz y los santos se regocijaron porque señan redimidos, y doblaron las rodillas y reconocieron al Hijo de Dios como su Redentor y Libertador de la muerte y de las cadenas del infierno. Sus semblantes brillaban, y el resplandor de la presencia del Señor descansó sobre ellos, y cantaron alabanzas a su santo nombre.

Me maravillé, porque yo entendía que el Salvador había pasado unos tres años de su ministerio entre los judíos y otros de la casa de Israel, tratando de enseñarles el evangelio eterno y llamarlos al arrepentimiento, y, no obstante sus poderosas obras y milagros y proclamación de la verdad con gran poder y autoridad, fueron pocos los que escucharon su voz, y se regocijaron en su presencia, y recibieron la salvación de sus manos. Pero su ministerio entre los que habían muerto se limitó al breve tiempo que transcurrió entre su crucifixión y su resurrección, y me causaron admiración las palabras de Pedro en donde decía que el Hijo de Dios predicó a los espíritus encarcelados que en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, y cómo le fue posible predicar a esos espíritus y efectuar la obra necesaria entre ellos en tan corto tiempo.

Mientras reflexionaba, mis ojos fueron abiertos y se vivificó mi entendimiento, y percibí que el Señor no fue en persona entre los inicuos y los desobedientes que habían rechazado la verdad, para enseñarles; mas he aquí, organizó sus fuerzas y nombró mensajeros de entre los justos, investidos con poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que se hallaban en tinieblas, sí, a todos los demás espíritus de los hombres. Y así se predicó el evangelio a los muertos, y los mensajeros escogidos salieron a declarar el día aceptable del Señor y a proclamar la libertad a los cautivos que se hallaban encarcelados; es decir, a todos los que estaban dispuestos a arrepentirse de sus pecados y recibir el evangelio. Así se predicó el evangelio a los que habían muerto en sus pecados, sin el conocimiento de la verdad, o en transgresión por haber rechazado a los profetas. A ellos se les enseñó la fe en Dios, el arrepentimiento del pecado, el bautismo vicario para la remisión de los pecados, el don del Espíritu Santo por la imposición de manos y todos los demás principios del evangelio que necesitaban conocer a fin de prepararse para poder ser juzgados en la carne según los hombres, pero vivir en espíritu según Dios.

De modo que se dio a conocer entre los muertos, pequeños así como grandes, tanto a los injustos como a los fieles, que se había efectuado la redención por medio del sacrificio del Hijo de Dios sobre la cruz. Así fue como se hizo saber que nuestro Redentor pasó su tiempo, durante su estadía en el mundo de los espíritus, instruyendo y preparando a los fieles espíritus de los profetas que habían testificado de El en la carne, para que pudieran llevar el mensaje de la redención a todos los muertos, a quienes El no podía ir personalmente por motivo de su rebelión y transgresión, para que ellos también pudieran escuchar sus palabras por medio del ministerio de sus siervos.

Entre los grandes y poderosos que se hallaban reunidos en esta congregación de los justos, estaban nuestro padre Adán, el Anciano de Días y padre de todos, y nuestra gloriosa madre Eva, con muchas de sus fieles descendientes que habían vivido en el transcurso de las edades y adorado al Dios verdadero y viviente. Abel, el primer mártir, estaba allí, y también su hermano Set, uno de los poderosos, quien era la imagen misma de su padre Adán. También estaban allí Noé, que había amonestado en cuanto al diluvio; Sem, el gran sumo sacerdote; Abraham, el padre de los fieles; Isaac; Jacob; Moisés, el gran legislador de Israel; e Isaías, el cual declaró por profecía que el Redentor fue ungido para sanar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y la apertura de la cárcel a los presos.

Además estaban allí Ezequiel, a quien se mostró en una visión el gran valle de huesos secos que iban a ser vestidos de carne, para de nuevo salir como almas vivientes en la resurrección de los muertos; Daniel, que previo y predijo el establecimiento del reino de Dios en los postreros días, para nunca jamás ser derribado o dejado a otro pueblo; Elias que estuvo con Moisés en el monte de la transfiguración; y Malaquías, el profeta que testificó acerca de la venida de Elias el profeta, de quien Moroni también habló a José Smith, declarando que habría de venir antes que llegara el grande y terrible día del Señor. El profeta Elias había de plantar en el corazón de los hijos las promesas hechas a sus padres, presagiando la gran obra que se efectuaría en los templos del Señor en la dispensación del cumplimiento de los tiempos para la redención de los muertos, y para sellar los hijos a sus padres, no sea que toda la tierra fuere herida con una maldición y quedare enteramente desolada en su venida.

Todos éstos y muchos más, aun los profetas que vivieron entre los nefitas y testificaron acerca de la venida del Hijo de Dios, se hallaban en la innumerable asamblea esperando su liberación, porque los muertos habían considerado como un cautiverio la larga separación de su espíritu y cuerpo. A éstos enseñó el Señor y les dio poder para salir, después que El resucitara de los muertos, y entrar en el reino de nuestro Padre, y ser coronados allí con inmortalidad y vida eterna, y en adelante continuar su labor como el Señor lo había prometido, y ser partícipes de todas las bendiciones que estaban reservadas para aquellos que lo aman.

El profeta José Smith y mi padre, Hyrum Smith, y Brigham Young, John Taylor, Wilford Woodruff y otros espíritus selectos que fueron reservados para nacer en el cumplimiento de los tiempos, a fin de participar en la colocación de los cimientos de la gran obra de los últimos días, incluso la construcción de templos y la realización en ellos de las ordenanzas para la redención de los muertos, también estaban en el mundo de los espíritus. Vi que también ellos se hallaban entre los nobles y grandes que fueron escogidos en el principio para ser gobernantes en la Iglesia de Dios. Aun antes de nacer, ellos, con muchos otros, recibieron sus primeras lecciones en el mundo de los espíritus, y fueron preparados para venir en el debido tiempo del Señor y obrar en su viña en bien de la salvación de las almas de los hombres.

Vi que los élderes fieles de esta dispensación, cuando salen de la vida terrenal, continúan sus obras en la predicación del evangelio de arrepentimiento y redención, mediante el sacrificio del Unigénito Hijo de Dios, entre aquellos que están en las tinieblas y bajo la servidumbre del pecado en el vasto mundo de los espíritus de los muertos. Los muertos que se arrepientan serán redimidos, mediante su obediencia a las ordenanzas de ia casa de Dios. Y, después que hayan pagado el castigo de sus transgresiones y sean purificados, recibirán una recompensa según sus obras, porque son herederos de salvación.

Tal fue la visión de la redención de los muertos que me fue revelada, de la cual doy testimonio, y sé que este testimonio es verdadero mediante la bendición de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Así sea. Amén.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada